sábado, 12 de febrero de 2011

LA ALQUIMIA

Según la ciencia oficial, se define a la Alquimia como:
- «...conjunto de especulaciones y ex­periencias generalmente de carácter eso­térico relativas a las transmutaciones de la materia, que influyó en el origen de la ciencia química».

 Tuvo como fines prin­cipales la búsqueda de la piedra filosofal y de la panacea universal.  Destaca­dos y célebres seguidores la estudiaron y la practicaron durante la Edad Media. Se supone que su origen estuvo en Egipto y Asia Menor y habría sido introdu­cida en Europa por los árabes y los judíos.

Transmutación maravillosa e increí­ble. Disciplina experimental, precursora de la moderna ciencia química que, por medio de un elemento desconocido y maravilloso llamado «piedra filosofal», pretendía la transmutación de los metales en oro y la consecución de la panacea universal, o elixir de la eterna juventud.

En Europa tuvo su momento de floreci­miento durante la Edad Media...»  Los herméticos, o cultivadores de este arte sagrado de Hermes, son en realidad herederos del concepto aristotélico de la unidad de la materia, según el cual una sola materia original se reviste con distin­tas formas (accidentes), que son los que la especializan en los distintos tipos de realidad. De ahí la idea de transmutar unos accidentes en otros, lo que en el caso de los metales implicaría que, mediante la manipulación de las formas (co­lor, peso, brillo, dureza...), podría provocarse un proceso de perfecciona­miento hacia materias cada vez más no­bles, tendencia implícita también en la doctrina aristotélica, que afirma la ten­dencia de todas las cosas hacia su perfec­ción.

Pero la alquimia prometía además a sus practicantes un beneficio adicional: el elixir de la larga vida, una tintura que sanaba el organismo de cualquier enfer­medad, incrementando de modo asom­broso sus potencias físicas.

El alquimista parte de la creencia de que todos los metales están compuestos de mercurio y azufre, aunque en diferen­tes proporciones. El objetivo ansiado es la consecución de la "piedra filosofal", también llamada, "el gran magiste­rio", "precioso elixir", "tintura", "quintaesencia", la cual, por simple contacto con los metales fundidos, los transmutaría en oro.

Pero la alquimia se distingue además de las modernas ciencias por servirse de un lenguaje alegórico-simbólico que nos la presenta no sólo como una técnica encaminada a descubrir fenómenos natu­rales o a la experimentación con los ele­mentos físicos, sino como un camino hacia la interioridad, una vía de conocimiento místico y metafísico, inseparable­mente unida con la realidad física.

No podría ser de otro modo, teniendo en cuenta que el alquimista no se limita a asistir como espectador al tránsito de la materia hacia su propia perfección, sino que intenta influir en este proceso eri­giéndose así en sustituto del tiempo. Gra­cias a la soñada «piedra filosofal», se sitúa en otra dimensión de la existencia en la que de nada sirve el lenguaje conven­cional de las ciencias. Se hace así necesa­rio recurrir a un lenguaje simbólico e impenetrable para los no iniciados, pues el lenguaje convencional se revela como insuficiente para transmitir la idea de lo esencial. Si el objetivo de un maestro alquimista es expresar lo indecible, la vía no puede describirse por medio de pala­bras, tan solo puede ser imperfectamente sugerida por medio de imágenes simbóli­cas. Algunas de estas imágenes útiles para interpretar los grabados alquímicos son:

- El ángel: Sublimación, ascensión de lo volátil.
- El hombre y la mujer: Azufre y mer­curio.
- La corona: Símbolo de la perfección metálica.
- El matrimonio: Unión del azufre y el mercurio.
- El niño: Símbolo de la piedra filosofal.
- La rosa: Según su color denota un momento particular en el proceso de la obra.
- La salamandra o el dragón entre llamas: Fuego.
- El sol: Oro filosófico.
- El triángulo: Los tres principios fundamentales(azufre, mercurio y sal).
- Venus: Cobre.
- El huevo: Matraz especial en el que se encerraba la materia durante la trans­mutación.

La alquimia se presenta al hombre moderno como una disciplina de aspecto y limites confusos. Puede parecer una fase experimental pre-científica, debido a su falta de sistematicidad y a lo impenetra­ble de su lenguaje, pero lo citado es que los alquimistas lograron no pocos descubrimientos gracias al carácter experimen­tal de sus actividades. En este sentido, la actitud del filósofo inglés Francis Bacon, expresada en su «Novum Organum» re­sulta proto-típica.

 Bacon refiere la fábula del padre que dejó a sus hijos una here­dad asegurándoles que en ella se escon­día un tesoro. Los hijos removieron toda la tierra del campo sin encontrarlo, pero a cambio el campo resultó ser después mucho más fértil y éste fue el verdadero tesoro. Así, los experimentos alquímicos, si bien no parecen haber dado los frutos soñados, si allanaron el camino de las ciencias experimentales modernas.

La alquimia tuvo, desde luego, su par­te de falsedad, fraude y engaño, como cabía esperar de una disciplina tan asistemática. Fueron numerosos los píca­ros que se aprovecharon de la codicia o de la ignorancia de las gentes para conse­guir favores y riquezas. Por otra parte abundan también los casos de estudiosos serios, aunque desafortunados, que in­cluso perdieron la vida por no conseguir el ansiado oro filosofal para los podero­sos de cuyo favor habían disfrutado.

En cualquier caso, no todo fue superchería: A las experiencias alquímicas les debe­mos el descubrimiento de técnicas que luego resultarían inmensamente útiles para las ciencias positivas, como los mé­todos para el refinado de diversos meta­les, la destilación alcohólica, la sublimación de sustancias como el sulfuro y el arsénico blanco...
A Raimundo Lulio le debemos el descubrimiento de la acetona, y a Paracelso el conocimiento de los efectos fisiológicos de diversos meta­les.

Historia de la Alquimia.

Hacia el año 200 antes de Cristo, Zósimo de Panópolis redactó una enci­clopedia de Alquimia. Por él sabemos que en Egipto se practicaba esta disciplina bajo vigilancia real y sacerdotal y que no se permitía publicar ningún resultado. Zósimo se atrevió a violar estas prohibi­ciones. Hoy sabemos que en el Egipto de los faraones los metalúrgicos conocían el modo de obtener hierro y cobre, así como el de contrastar el oro y la plata. Parece que en la misma época se practicaban en China unas disciplinas parecidas. En el mundo Islámico la Alquimia conoce un gran florecimiento, con figuras como Harún al Raschid, tan citado en Las mil y una noches. Sin embargo no llegará a Occidente hasta el siglo Xll, gracias a las expediciones de los cruzados.

El primer libro de Alquimia escrito en Europa es obra del inglés Robert Chester, y data de 1144, aunque en realidad es una redac­ción en latín de un tratado árabe sobre la piedra filosofal. Inmediatamente, empe­radores y reyes, como Enrique IV de In­glaterra o Christian IV de Dinamarca se interesan por las posibilidades de riqueza que ofrece la alquimia, y contratan a los más reputados alquimistas de la época a su servicio. A Alberto Magno, el "Doctor Universal" se le atribuyen numerosos es­critos sobre la disciplina hermética.

Parece que la Península ibérica tuvo un papel importante en la recepción y posterior difusión de la alquimia, debido a la dominación árabe. Destacan en la alquimia española las figuras de Raimundo Lulio y de Arnaldo de Vilanova, pero no son los únicos casos de interés por esta disciplina que podemos encontrar en nuestra historia. Alfonso X el Sabio re­prueba la Alquimia en un capitulo de sus Siete Partidas pero parece que ni él mis­mo fue capaz de resistirse a la atracción de la piedra filosofal, e incluso se le atribuyen varias obras sobre el arte transmutatoria.

También es conocido el caso de don Enrique de Villena (1384-1434), cuya fama de mago perdu­ró después de su muerte hasta el punto de que Ruiz de Alarcón, Rojas Zorrilla, Quevedo, Hartzenbusch lo convierten, pasados los siglos, en protagonista de alguna de sus obras. Fernando el Católico y hasta Felipe II tomaron alquimistas a su servicio. A este último dedica su obra "Breve tratado intitulado de Alchimia" el alquimista Pedro Stenberg. La alquimia española evoluciona a finales del XVII hacia las ciencias positivas de la Farmacopea y la Medicina, como ocurre también en el resto de Europa.

El interés de los estudiosos por las disciplinas alquímicas fue decreciendo en el siglo de Lavoisier, pero no murió del todo. Hasta 1819 existió la Sociedad Her­mética de Westfalia, cuyo fin era el de recopilar las aportaciones de sus socios acerca de las experiencias alquímias.

La Alquimia es tan antigua como el hombre mismo. La encontramos plasma­da en los Templos sagrados del viejo Egipto y siempre aparecen en las ense­ñanzas de los Iniciados que a lo largo de la Historia han existido.
En la edad Media, los alquimistas, siempre celosos de develar los Sagrados Misterios de la Naturaleza y de la Divini­dad, ocultaban la esencia de la Alquimia, expresando un lenguaje alquímico confu­so e incomprensible para aquellos que no estaban preparados para recibir los mis­terios iniciáticos. Eran otras épocas, esta­ba absolutamente prohibido revelar la Clave de todos los enigmas. Clave que, transmitida a través de un juego oscuro de palabras y conceptos, ni los más brillan­tes intelectuales alcanzaban a compren­derla.

Mas ahora, en estos tiempos de mo­dernismo, de la bomba atómica y de la confusión total de la Humanidad, el Maestro Samael Aun Weor consciente de los destinos que aguardan a esta "civilización" rasgando el velo del Misterio, entre­ga sin ningún reparo la Llave Secreta de la verdad, de la Gran Realidad: el Gran Arca­no.
El Gran Arcano, el Arcano A.Z.F., es la mágica puerta que conduce hacia la re­dención del ser humano. Puerta que se ha abierto para los valientes, para aquellos, revolucionarios del espíritu que, anhe­lantes de la más pura espiritualidad, sien­ten que sus corazones los impulsan a trascender los dogmas, la mecanicidad de este mundo, para remontar el vuelo, convertidos en áureos pájaros Fénix, ha­cia el inalterable infinito. La meta: la mis­ma Divinidad.

Ha llegado la hora de que compren­damos que la Alquimia es una ciencia ciento por ciento esotérica, que el alqui­mista no es un hombre encerrado entre tubos de ensayo, probetas y matraces. El alquimista es un iniciado, que, trabajan­do en su propio laboratorio interior, tiene un solo objetivo: realizar el Magnus Opus, la Gran obra. Debemos entender que la Gran Obra es un proceso iniciático, que lo podemos vivir en nuestro interior psico­lógico y espiritual, y cuya culminación es el Niño de oro de la Alquimia, la resurrec­ción del Cristo interior profundo dentro de nosotros mismos, aquí y ahora.

Con la castidad, se ha confundido su significado, pues siendo una castidad cien­tífica, por estos tiempos de modernismo lo confunden con el celibato que es muy diferente y perjudicial para la salud hu­mana, causando al ser humano grandes desarreglos y enfermedades de todo tipo, La castidad científica es muy diferente, es conocida también como transmutación o ciencia de la transmutación.

En la edad media los alquimistas tra­bajaban en secreto y de forma velada, debido a que era una época donde la inquisición, perseguía todo lo que no fuera de origen católico.

La verdadera alquimia no exige labor mecánica, consiste en la purificación del alma y la transmutación del hombre ani­mal en un ser divino. Una de las transmutaciones que debemos hacer den­tro de nosotros, es la transmutación del plomo de la personalidad, en el oro puro del Espíritu.

AL-HALLAJ O EL AMOR CRUCIFICADO, LA MÁS ALTA FIGURA DEL SUFISMO

Al-Hállaj fue el Cristo del Islam, el mártir de la fe. Decían de él que era un agitador religioso, un clarividente y el cardador de conciencias o misionero errante. Representó la más alta figura del sufismo. Predicaba el místico advenimiento del reino de dios en los corazones.

Su nombre completo era: Abú Abdallah Al-hosayn ibn mansûr ibn mahamma, pero pasó a la posteridad con el sobre nombre de Al-Hállaj que significa "el cardador".

Estudió dieciocho años en la escuela sufi del maestro celebre: "Jonayp". Y a los treinta y ocho años se trasladó a la Meca.

Según su compañero Nahrajûrí, Al-Hállaj se entregó por aquella época a las más rigurosas prácticas ascéticas: "permaneció durante un año en el atrio interior de la mezquita, sin moverse de su lugar más que para la purificación ritual. Cada día le entre­gaban un cuenco de agua y una torta de pan, le daba cuatro mordiscos y bebía dos tragos de agua. Luego colocaba el resto de la torta sobre el cuenco para que se la llevaran a la mañana siguiente".

Posteriormente viajó durante cinco años predicando la unión con Dios por medio de la aniquilación del yo, y del arrepentimien­to. Cada vez que hablaba en público escru­taba las conciencias de sus oyentes y descu­bría los más ocultos secretos de sus corazo­nes y les hablaba al respecto, por eso le apodaron "el cardador de las almas".

Estudió las traducciones de los filósofos griegos, aprendió medicina, farmacia y al­quimia. Se instruía para ayudar mejor a los demás.

A veces oraba de viva voz diciendo:
"!Oh tú, que me has embriagado con tu amor y me haces vagar por las explanadas próximas a ti ! Tú eres el solitario, en la soledad de la eternidad; Tú eres el único que te testimonias desde la Sede de la ver­dad: Tu testimonio es la justicia, sin que tú te justifiques; Tu alejamiento, es el vacío, sin que tú te separes; Tu presencia, es tu ciencia sin que te muevas; Tu ausencia, es el velo impuesto sin que te vayas. Nada está por encima de ti para sostenerte, y nada delante para limitarte, y nada detrás que te persiga, te lo suplico, por esa proximidad sagrada que tú haces descender sobre mí, y por los grados más altos todavía que te solicito...
Multiplica el número de mis enemigos en tus ciudades. Y de quienes exigen mi muerte entre tus fieles."
Su predicación era el reflejo de su vida interior, la comunicación de una parte de su experiencia íntima.

 Algunos extractos de sus discursos publicados, dicen así:
"¡Oh gente!. Ciertamente, si él creó a su criatura, lo hizo por pura bondad hacia ella. Y si unas veces resplandece brillante ante ella y otras se cubre para ella con un velo, lo hace siempre para hacerla progresar. Pues si no irradiara, todos negarían su existen­cia.

Y si no se velara, todos quedarían fasci­nados... por lo que a mí respecta, no hay ya velo entre él y yo, !ni si quiera un parpadeo!

¡Es tiempo de que encuentre el reposo, para que mi humanidad perezca en su divi­nidad, mientras mi cuerpo se consume en las llamas de su omnipotencia para que ya no quede ni rastro ni vestigio, ni rostro, ni descripción. ¡Oh gente!, cuando la verdad se apodera de un corazón, lo vacía de todo lo que no es ella misma. Cuando Dios se une a un hombre, mata en él todo cuanto no sea él. Cuando ama a uno de sus fieles, incita a los demás a que le odien, para que su servidor se le acerque más, para que le consienta.

"¡He abrazado, con todo mi ser, todo tu amor, oh santo! Te has manifestado tanto, que me parece que solo tú estas ya en mi, doy vueltas a mi corazón, entre todo lo que no eres tú, pero ya no veo sino desapego, de mí a ellos, y familiaridad, de mí a ti.

¡Ay!, heme aquí en la prisión de la vida, unido a todo el genero humano..."
Las palabras y los milagros de Al-Hállaj iban de boca en boca, y la audacia de sus palabras asustaba a sus mejores amigos.

Hizo tres veces la peregrinación a la Meca.
En el último viaje, ya solo hablaba de la unión mística con su ser, de tal manera que no se sabía si quien hablaba era el creador o la criatura.

"¡Te he saludado ahí, en mi conciencia!
¡Mi lengua, en el éxtasis, ha dialogado contigo!
Nos hemos unido en cierto sentido, y en cierto sentido nos hemos separado, pues mientras tu majestad te ocultaba a las mira­das de mis ojos, mi conciencia te ha perci­bido en el fondo de mi corazón."

LA PASIÓN DE AL-HÁLLAJ

Se levantaron contra él los medios polí­ticos, jurídicos y religiosos y tenía indigna­dos a los místicos, en definitiva toda la comunidad musulmana había sido desafia­da.

No eran tiempos de tolerancia, dos ve­ces fue encarcelado, y la segunda vez no saldría ya de la cárcel hasta su muerte. Fue maltratado ante el populacho y encadenado de la nuca a los talones.
Ocho años pasó en la cárcel, la cual convirtió en un santuario, orando y ayunan­do constantemente. Fue condenado a muerte después de siete meses de juicio.

En una biografía escrita por su propio hijo, se dice que la víspera de la ejecución fue la más conmovedora desde la agonía del Cristo en el Huerto de los Olivos, Al-Hállaj hablaba en éxtasis diciendo:

"!Henos aquí para ser tus testigos! En tu gracia venimos a buscar refugio y en el esplendor de tu gloria, claridad; para que tú nos muestres lo que deseas, en tu esencia sublime y por tu decreto.
Tú eres dios en el cielo y en la tierra, !oh tú que constituiste los siglos y modelaste las formas!
Tú quisiste que aparecieran las realida­des de mis ciencias y mis milagros, lleván­dome en mis ascensiones hasta los tronos de mis proeternidades, allí donde tú me hiciste pronunciar la palabra creadora.
¿Cómo es posible que ahora, me vea expuesto a la muerte, ejecutado, llevado al patíbulo, quemado, y mis cenizas sean en­tregadas a vientos y corrientes?
¡Ah! La menor parcela de mis cenizas, quemando así, por ti, promete al cuerpo glorioso de mis transfiguraciones, una rea­lidad más cierta que la de las mayores montañas."
Su hijo Hamd nos relata todo el proceso de la pasión y muerte de Al-Hállaj, en una síntesis de varios documentos redactados por testigos directos. Esta síntesis nos con­duce a los límites de la crueldad humana y del dominio del espíritu sobre el cuerpo.

Dice su hijo: "Cuando llegó la mañana le hicieron salir de la cárcel; le vi danzando en pleno éxtasis de júbilo, danzando bajo sus cadenas y orando le llevaron a la plaza y le cortaron las manos y los pies tras haberle dado quinientos latigazos. Luego fue crucificado y le escuché, en el cadalso hablar con dios: "!Oh Dios mío, voy a entrar en la mansión de mis anhelos y contemplar allí tus maravillas!"
Pasaban las horas -sigue relatando su hijo- y la gente desfilaba ante la cruz y algunos le insultaban. Al crepúsculo, llegó la autorización del Califa para decapitarlo. Pero sus verdugos prefirieron aguardar a que terminara la noche.

Cuando llegó la mañana, le bajaron del cadalso y le echaron hacia delante para cortarle el cuello. Al Hállaj dijo en voz alta sus últimas palabras:

"Los que no creen en la hora postrera son arrastrados enseguida a ella; pero quie­nes creen, la aguardan con respetuoso te­mor, pues saben que es la verdad" (Cor. XI -11, 17)

Se le decapitó y su cabeza fue clavada en una lanza y expuesta durante dos días en el puente Tigris.
Luego fue recogida, junto a sus manos y pies y enterrada en una tumba que se levan­ta en la orilla del río y todavía hoy es lugar de peregrinación para todos los musulma­nes, cuando sus cenizas (las del resto del cuerpo), fueron arrojadas al fuego, cuenta su hermana que Al-Hállaj se le apareció y le dijo:

"Cuando me han cortado las manos y los pies, mi corazón estaba lleno de amor; cuando me crucificaron, contemplaba a mi señor y no sé lo que me han hecho; cuando me han quemado, los ángeles han bajado del cielo para abrigarme con sus alas y me han llevado ante el trono y me han dicho: "llena tus ojos... ¡ya nunca más estaré ocul­to para ti!
A lo que Al-Hállaj contestó: "me hubiera gustado llegar más pronto a percibirte"

El Maestro Samael nos habla en su libro Sabiduría Gnóstica sobre la pasión de Al-­Hállaj:

"El omnicósmico y santísimo Al-Hállaj nació en Irán en el año 857 y fue nieto de un devoto del Gran Maestro Zoroastro... el gran maestro Al-Hállaj era fuera de toda duda un tremendo revolucionario; los polí­ticos lo acusaban de peligroso agitador...
El Gran Hierofante Sufi Al-Hállaj a base de cincel y de martillo transformó la piedra bruta dándole una forma cúbica perfecta.
El Gran Inmolado Al-Hállaj antes de morir ya había muerto absolutamente en si mismo y dentro de si mismo.
La resplandeciente alma de diamante del Imán Al-Hállaj caminando por el sende­ro celestial, se dirige hacia el absoluto.
El Gran Iniciado Sufi Al-Hállaj nació, murió y se sacrificó, totalmente por la hu­manidad convirtiéndose en el Cristo maho­metano".