domingo, 29 de abril de 2012

APOLONIO DE TYANA

Opiniones de los antiguos sobre Apolonio
A pesar de que todos aquellos que se interesan, más o menos, por estudios de carácter esotérico hayan oído hablar mucho de Apolonio de Tyana, y de que algunos utilicen algunas de sus técnicas adivinatorias y por lo tanto sea un nombre familiar, desde un punto de vista histórico «oficial», es un personaje desconocido, un «menor que quizás perteneció» a alguna escuela «Pitagórica» y nada más. Existen poquísimos documentos y sobre todo -siempre a nivel de historiografía oficial -es mínima o insignificante.

Apolonio (que vivió en el siglo I d. C.), ha sido y sigue siendo un personaje misterioso ya que son escasísimas las fuentes que hablan de él. De sus obras, sólo permanecen fragmentos de alguna carta o lo narrado por otros escritores, más o menos contemporáneos suyos. Hoy, si uno quisiese ponerse a la búsqueda de informaciones sobre Apolonio, no encontraría nada, ni en los textos de filosofía ni en los compendios de historia de las religiones o de la antigüedad clásica. Quizás, se podría encontrar  en alguna enciclopedia. (Se puede encontrar algo con la voz de «Apolonio» junto a muchos otros como: A. Rodio, A. de Perga, A. de Alabanda, A. Molone, A. el Sofista, A. de Myndus, A. Discolo y el nuestro A. Tianeo a quien vienen concedidas algunas líneas...)

A causa de esta falta de fuentes históricas precisas y definitivas sobre su vida y sobre su obra, es fundamental examinar con detalle las fuentes indirectas, es decir las obras de los escritores antiguos que hacen referencia a él y a su fama y comparar las informaciones.

Ante todo, es necesario decir que en la antigüedad (es decir, en los primeros siglos de nuestra era) Apolonio gozaba de una fama igual o incluso superior, a la de Jesucristo y era el filósofo más célebre del mundo greco-romano. Es suficiente pensar que en el siglo XIII (es decir, mas de 1.300 años después de su desaparición), en Bizancio, fueron fundidas unas puertas de bronce de un templo convertido en objeto de superstición según la Iglesia porque los cristianos de entonces las veneraban, considerándolas consagradas por Apolonio y cargadas con su poder milagroso, al cual aún se dirigían para curaciones y oraciones.

Las opiniones de los antiguos sobre él, a menudo son discordantes sobre todo por su vida retirada (con excepción de su enseñanza pública) y a causa de sus larguísimos viajes, que le hacían perderse de vista por años enteros.

Las referencias más antiguas sobre él, las encontramos en Luciano (escritor griego nacido alrededor de 120 d. C. en Siria), un crítico que en sus obras ironiza sobre un discípulo de Apolonio, como uno de aquellos que lo saben todo sobre la vida y la muerte. Apuleyo, en cambio, contemporáneo de Luciano, en su obra «De Magia», sitúa a Apolonio en el mismo nivel de Moisés, Zoroastro y de los célebres Magos de la antigüedad.

Dione Casio, entre el 211 y el 222 d.C., escribe que el emperador Caracalla levantó un templo en honor de Apolonio. Filóstrato escritor del siglo II d.C., es quien nos da mayor información en su «Vida de Apolonio», escrita hacia el año 216 a petición de Julia Domna, madre del Emperador romano Caracalla e hija de un sacerdote del Sol, en un templo de Éfeso, en Siria. Entre otras cosas Julia Domna -cuenta Filóstrato- guardaba un precioso manuscrito redactado por un compañero de viajes de Apolonio. Sobre este manuscrito se basará Filóstrato para componer su obra: obra de la que se puede extraer la información que aún hoy sirve de base a los estudios sobre Apolonio. De todas maneras su vida fue escrita alrededor de un siglo y medio después de su desaparición. A causa de ello, muchos son los detractores de Filóstrato y de su trabajo.

Existen, sin embargo, -si bien en forma fragmentaria- decenas de testimonios indirectos, citas y referencias, informaciones derivadas de tradiciones orales y de obras que se perdieron con el tiempo (como la Vida de Apolonio escrita por su preceptor, por ejemplo) que confirman la importancia fundamental de este Maestro de la antigüedad y que la historiografía actual ni siquiera considera.

Lampride, escritor del siglo III, nos informa que el emperador Alejandro Severo (222-235) colocó en su lararium (lalario: altar de familia) la imagen de Apolonio junto a la de Cristo, la de Orfeo y la de Abraham.

Vopisco, otro escritor del imperio tardío, afirma que el emperador Aureliano (270-275) dedicó un templo a Apolonio porque se le apareció en sueños, mientras que asediaba Tyana. Vopisco afirma que Apolonio era un sabio «cuya autoridad y renombre son conocidos, es un verdadero amigo de los dioses y entre los hombres no es posible encontrar un ser más santo y más parecido a Dios. Dio la vida a los muertos y sus palabras superaron los poderes humanos» (Vida de Aureliano).

De la misma época son la «Vida de Apolonio» de Soterico (poeta egipcio), y de Nicomaco (escritor griego), ambas se perdieron.

Hacia el mismo periodo Porfirio (en De Vita Pythagorica) y Jámblico en sus tratados sobre Pitágoras y su escuela, hablaron de Apolonio como de una autoridad indudable y unánimemente aceptada (y nos encontramos entre los siglos III y IV d.C.).

Hacia el 305 Jerocle, gobernador de Palmira y de Alejandría, escribió una obra titulada «Aviso sincero a los cristianos», inspirándose en la obra de Porfirio, en lo escrito por Filóstrato y probablemente en la tradición oral y en otros documentos posiblemente desaparecidos, en la que contrapone los milagros de Cristo a los de Apolonio que para Jerocle eran, con diferencia, más importantes. Con esta obra Jerocle quería informar a los cristianos de entonces sobre los milagros, sobre los grandísimos poderes de Apolonio y sobre su enseñanza centrada en la sabiduría universal e inmortal.

Inmediatamente salió en aquel año un tratado del obispo Eusebio de Cesarea, Contra Hieroclem, en el que admitiendo que Apolonio fue un gran sabio y un virtuoso, afirma que aquellos milagros (obra de Apolonio), puesto que no se podían atribuir a la obra de Dios (El cual envió a su Hijo Jesús a hacer los verdaderos milagros), eran con toda seguridad obra del diablo. Obviamente se puede entender que este padre de la Iglesia no podía negar lo reconocido difusamente por la opinión de entonces y por lo tanto acusa a Apolonio de ser un instrumento del diablo. Entre otras cosas conviene saber -para demostrar el poder totalitario que ya desde entonces los llamados Padres de la Iglesia comenzaban a tener sobre todo aquello que tuviese que ver, aunque fuera indirectamente, con la figura de Cristo- la Vida de Apolonio de Filóstrato desde aquel momento era difundida con el apéndice Contra Hieroclen de Eusebio de Cesarea.

Pero otro padre de la Iglesia, Arnobio, hacia finales del siglo lII, sitúa a Apolonio entre los Magos, a la par de Zoroastro (aunque olvidándose de Moisés).

En el mismo período S. Jerónimo escribió de Apolonio en términos lisonjeros; San Agustín, aunque rechazando cualquier parangón entre Apolonio y Jesús, debe constatar que la reputación del Tianeo -en lo referente a su virtud- es superior a Júpiter (San Agustín, cartas).

Otro padre de la Iglesia, Sidonio Apolinar, obispo de Clermont, afirma que es improbable que un historiador pueda encontrar en la antigüedad un filósofo cuya vida sea igual a la de Apolonio.

Hacia finales del siglo IV Eunapio, uno de los maestros de emperador Juliano, escribió que Apolonio más que un filósofo fue intermediario entre los hombres y los dioses. Se podría seguir mencionando Casiodoro (460-575); su contemporáneo Tzetzes gramático bizantino; Xifilino monje del siglo undécimo; del filósofo Cedreno (siglo XI) etc. De todos modos, todos ellos hablan en términos lisonjeros, como de «un sabio que tiene la presciencia de todas las cosas y que tiene el dominio sobre las fuerzas de la natura».

De todos aquellos que han sido mencionados, Flavio Filóstrato es el único escritor de la antigüedad que ha conseguido hacernos llegar su Vida de Apolonio. Todas las obras «vidas» (de las que se tenía conocimiento) se han perdido y permanecen solamente referencias en otros autores o comentarios.

El biógrafo de Apolonio.
Filóstrato (175-245) era un literato que formaba parte del cenáculo de los escritores y hombres de cultura, de los que se rodeaba la emperatriz filósofa Julia Domna, que fue la guía intelectual de imperio romano durante el reino de su marido Séptimo Severo y del hijo Caracalla; los tres estudiaron artes ocultas. Filóstrato escribió su vida a petición de la emperatriz que le entregó como indicio un manuscrito que ella poseía. Julia Domna, esta siriana de estirpe real, hija de un cierto Basiano (que era sacerdote del Sol, en Éfeso) que coleccionaba libros raros de carácter oculto, provenientes de todas las partes del mundo.

Es el mismo Filóstrato, que vivió casi dos siglos después de Apolonio, el que nos informa de la metodología seguida en la redacción de la obra; sobre todo se basará en el manuscrito cuyo autor había sido un discípulo y compañero de viajes de Apolonio de nombre Damis. Este cuaderno de notas (o tablillas) habría llegado a manos de la emperatriz por medio de un pariente del discípulo. Filóstrato, además, dice de haber visitado los principales templos y ciudades de la antigüedad donde había sido huésped Apolonio -repartidos por todas partes en el mundo de entonces-, a la búsqueda de testimonios directos; pero sobre todo de haber consultado personalmente las cartas de Apolonio que pertenecían al emperador iluminado Adriano (que entre otras cosas había sido iniciado en los misterios de Eleusis). Además tenía a su disposición una obra importante con los«Actos de Apolonio» escrita por Máximo de Egeo que había sido preceptor del Tianeo (también esta obra ha desaparecido); y había podido consultar la obra «Ritos místicos concernientes a los sacrificios», escrita por Apolonio (hoy desaparecida) pero que estaba muy difundida en la antigüedad y de fácil acceso, así mismo y con toda seguridad el testamento de Apolonio, escrito en dialecto jónico y que contiene un resumen de sus doctrinas. Todo ello para subrayar que a pesar de que hoy día no exista casi nada de estas fuentes, sin embargo, se puede deducir fácilmente la importancia, el prestigio y el respeto de que gozaba Apolonio entre los sacerdotes, emperadores, filósofos y entre la gente común.

Vida de Apolonio
Apolonio nació en los primeros años de nuestra era en Tyana, Capadocia, en el seno de una familia muy rica. A los catorce años ya había sido admitido por los sacerdotes del templo de Esculapio donde se realizaban curaciones y donde comenzó a profundizar en el estudio de la filosofía pitagórica. A los dieciséis años, dejó a su maestro Eusenio, para seguir a otro maestro aún más grande (como dice Filóstrato) y cambió completamente el tipo de vida: comenzó a alimentarse solo de frutas, semillas y vegetales evitando el alcohol, se vistió solo con lino y caminaba con los pies descalzos. Comenzó a vivir dentro de los templos con la admiración de los sacerdotes y la aprobación de Esculapio.

En breve se hizo famoso por la profundidad y sencillez de sus discursos y por su vida retirada. Cuando tenía veinte años murió su padre (su madre había muerto algunos años antes). Tuvo que regresar a Tyana para atender sus asuntos familiares y la considerable herencia (que dividió con su hermano y con unos parientes pobres). En esta ocasión hizo voto de silencio por cinco años. Decidió someterse a esta saludable disciplina continuando, sin embargo, a viajar por Grecia y Cilicia.

Filóstrato dice que en este periodo aún sin hablar, sólo con la majestuosidad de los gestos y la potencia de su mirada, provocó una revolución. Después de este hecho se pierden sus huellas durante 15-20 años, para volverlo a encontrar en la narración de Damis, el autor del manuscrito de Julia Domna. Filóstrato dice que Apolonio visitó, en aquel período, varios lugares árabes, después Antioquía, los Esenios y los Terapeutas intentando llevar los cultos exteriores a la pureza de las antiguas tradiciones y sugiriendo mejoras en las prácticas secretas de las confraternidades. Era considerado un maestro de la vida oculta consagrado al progreso interior de los discípulos que habían elegido el «Camino».

Sus Viajes
Así pues, Apolonio deja Antioquía y va a Nínive, allí encontró a Damis (hay una laguna, como hemos dicho, de alrededor de 15 años). Damis es un discípulo que no tendrá jamás la posibilidad de entrar en los secretos del Maestro. Cuando Apolonio entraba en los templos, él era siempre excluido, como tampoco fue admitido a los encuentros que se desarrollaban con los sacerdotes de los templos o con los jefes de las comunidades que visitaba.

Apolonio fue uno de los más grandes viajeros de la antigüedad. Examinando brevemente el recorrido de su constante peregrinar: de Nínive fue a Babilonia, donde vivió casi dos años. Después fue a la India, primero a orillas del Ganges, después al Nepal a un monasterio Budista: (está documentada históricamente la existencia de textos sánscritos que relacionan «los ascetas de las regiones occidentales» Apalunya o Damisa (Apolonio y Damis) con Ayareya (larchas) y otros principales de las regiones del norte de la India: cfr. Nakamura Jaime. «Seiyo shisoshi ni okeru etc.» (El budismo en la historia del pensamiento occidental): Tokyo, 1955, Pág. 173-175. Esta es la prueba definitiva, desde un punto de vista histórico oficial (aunque los historiadores siguen considerando a Apolonio un personaje fantasioso y sus viajes con Damis una simple Fábula) de la existencia documentada de sus contactos con el mundo Budista en el norte de la India.

De la descripción de Damis se entiende claramente que Apolonio buscaba cierta comunidad y que éste era el objetivo de su viaje. De lo referido por Damis: «los sabios que visitaron podían ver a distancia, conocían el pasado, podían predecir el futuro y conocían las vidas anteriores de los hombres».

Apolonio partió por tanto para la India y regresó con una misión especial: «Yo me acuerdo siempre de mis maestros viajo por el mundo enseñando cuanto de ellos he aprendido».

De aquí volvemos a encontrar su rastro de nuevo en el Eúfrates, en el camino de regreso, en Babilonia, en Chipre (donde visitó el templo de Pafo dedicado a Venus, importantísimo centro de adivinación por medio del fuego. Aquí Apolonio se detuvo para instruir ampliamente a los sacerdotes sobre sus ritos sagrados), en Antioquía, en Asia Menor, en Esmirna, en Éfeso, en Pérgamo (en el templo de Esculapio donde enseñó a los sacerdotes varias técnicas de curación), en Troya (donde pasó una noche en solitario junto a la tumba de Aquiles); desde allí fue hacia la isla de Lesbos (donde visitó el antiguo templo de los misterios Órficos que había sido un gran centro de profecías y adivinación y tuvo el privilegio de entrar en el recinto sagrado y adytum del templo) y después a Atenas para visitar los templos y reformarlos: llegó en el periodo de la celebración de los misterios Eleusinos y la gente llegó en masa a cogerlo.

Los misterios Eleusinos eran una especie de organización intermedia entre el culto popular y las verdaderas sociedades de enseñanza secreta: los sacerdotes, sin embargo, habían olvidado o abandonado parte de la enseñanza originaria. Era necesario entrar en el corazón de estas sociedades para reformarlas o volverlas a llevar a la pureza original de la enseñanza. En el templo de Esculapio en Egeo, Apolonio pasó muchos años y gozó de profundo respeto y admiración por sus poderes de curación, llegó a ser definido como el «favorito de los dioses».

Después partió para Roma a los templos del emperador Nerón. En el 66 d.C. Nerón había publicado un edicto que prohibía la estancia a todos los filósofos. Apolonio partió entonces para España desembarcando en Cádiz (donde se estableció en el templo de Hércules). Después fue para África, a Sicilia para visitar los principales templos y de nuevo a Atenas, cuatro años después de su última visita.

Desde Atenas parte de nuevo para Alejandría en Egipto, donde tendrá muchos encuentros con el futuro emperador romano Vespasiano (reino del 69 al 79 d. C) y donde tuvo la difícil misión de reformar el rito Egipto (quizás se hospedó en el templo de Serapis). Interesante a este propósito es la discusión que tuvo lugar entre él y el gran sacerdote que le preguntó con cierto desdén: ¿Quién será así de sabio para reformar la religión de los egipcios?, «Cualquier sabio proveniente de la India», fue la respuesta. Después otro importante y misterioso viaje a Etiopia para visitar una comunidad de Gimnosofistas. Llena de interés para nosotros fue la visita que hizo junto a las cataratas del Nilo, en Etiopía, en los confines con Egipto, a una comunidad probablemente copta, llamada por Filóstrato de los «Gimnosofistas» (del griego desnudos, de donde deriva gimnasio), un término genérico que quería designar a los «sabios desnudos» de todo bien externo y dedicados a la búsqueda interior. El motivo por el que Apolonio hizo este viaje eran los lazos olvidados de esta comunidad con la India. Esta comunidad era llamada frontisterion, es decir, lugar de meditación. Resulta difícil, de lo referido por Filóstrato, hacerse una idea más precisa de esta comunidad, sus relaciones con la India en los tiempos antiguos, origen que parecía haber olvidado.

Interesante recordar que en esta misma región han sido hallados en el 1945 los así llamados códigos de Nag Hammadi, trascripción en copto de los evangelios gnósticos datados entre finales del siglo I y del III d.C. (aunque el hallazgo, evidentemente no tiene que ver con Apolonio).

A su regreso de Alejandría -diez años después de haber vivido, probablemente en la mayor parte del tiempo en Etiopía- fue enviado a Tarso para tener un diálogo con el nuevo emperador Tito (reinó entre el 79 y el 81). A su muerte le sucedió Domiciano y Apolonio censuró la obra de este emperador. A causa de su antagonismo, encontrándose en Roma, hacia el año 93, sufrió un proceso del que fue absuelto. Viajó de nuevo a Sicilia, Éfeso, Esmirna, Atenas: de aquí con el pretexto de mandar a Damis a Roma, se perdieron sus huellas y desapareció tal vez a la edad de 90 años.

Apolonio era un verdadero conocedor, por ciencia propia y directa, de los secretos de la naturaleza. Así, los principales milagros que se le atribuyen son casos de profecía, de conocimiento del pasado, curación de enfermedades, de poseídos, donación de la vista y del oído. Cuando conoció a Damis, éste le propuso acompañarlo, en cuanto conocía las lenguas habladas en la India y Apolonio le respondió: «Yo conozco todas las lenguas aunque no haya aprendido algunas». Filóstrato y Damis afirmaban que entendía todos los lenguajes humanos y los de los pájaros y de los animales. Famosa fue la visión, mientras se encontraba en Éfeso, del asesinato del emperador Domiciano en Roma. En todas las oportunidades que se le presentaba insistía, sin embargo, en subrayar que sus poderes no tenían ninguna relación con la adivinación en el sentido vulgar del término, pero si con la «sabiduría que Dios revela a los sabios». Apolonio explica al cónsul y filósofo romano Telesino, que la sabiduría es una especie de estado permanente de inspiración.

Además Filóstrato nos habla mucho de los sueños simbólicos interpretados por Apolonio de importancia premonitoria que tenían y de otros muchos milagros, predicciones e interventos mágicos: como por ejemplo, cuando prisioneros en una torre de Domiciano, para tranquilizar a Damis y hacerle ver que en realidad no eran prisioneros, rompió las cadenas; o cuando hace desaparecer las tablillas sobre las que estaban referidas las falsas acusaciones, durante el proceso intentado por Domiciano contra él, o cuando hizo resucitar una muchacha durante un funeral; o cuando libró de la peste a la ciudad de Éfeso, etc.

Su misión
En aquella época existía una clara y rígida división entre, la enseñanza exotérica y esotérica, entre la enseñanza pública y secreta. Por esta razón la documentación de Filóstrato y Damis tiene lagunas, porque sus referencias se basan esencialmente en eventos externos, aunque importantes y de los cuales se pueden deducir informaciones muy importantes. Los contactos con el budismo, con los sacerdotes egipcios, los viajes por el Egipto profundo a la búsqueda de las comunidades gimnosofistas, etc. nos dan una prueba de la universalidad del conocimiento y del compromiso práctico de Apolonio para llevar de nuevo los misterios a la pureza y esplendor de sus orígenes.

Además Apolonio vive una época de grandes revoluciones y cambios espirituales: los misterios y ritos secretos de los templos de la antigüedad griega, romana, egipcia y de las diversas comunidades que existían entonces (órficos, eleusinos, pitagóricos, esenios; los misterios de Frigia y de Baco, los misterios de lsis, etc.) se encuentran en un momento de profunda crisis causada por la curva involutiva de las culturas de las que eran expresión. Y al mismo tiempo se estaba formando lentamente, pero con fuerza, la estructura totalitaria de la futura Iglesia romana que buscó eliminar no solo todo aquello que consideraba pagano (los misterios y las diversas comunidades) sino también aquello que no era «canónico» (es decir el pensamiento gnóstico de los primitivos cristianos). Apolonio, por tanto, sentía los tiempos y viajó como ningún otro en la antigüedad visitando todos los templos de misterios y las diversas comunidades y buscando llevar la enseñanza a su pureza original, consagrando de nuevo numerosísimos templos y antiguos centros religiosos.

Pero su misión no se limitó a esto: dio gran importancia a los «diálogos filosóficos» con reyes y emperadores. Fue huésped casi un año y ocho meses, de Vardane, rey de Babilonia y fue honrado por el rajá indio Fraote. Tuvo diálogos intensos con los emperadores Vespasiano, Tito y Nerva que fueron entusiastas admiradores. El contenido de los diálogos tenía siempre un carácter moral se refería a los deberes de los hombres sabios de estado que debían ser basados sobre las virtudes de la honestidad, equidad, la humildad y la oración.

Obras
Además de las numerosísimas cartas dirigidas a sus discípulos, a reyes, emperadores, sacerdotes, comunidades y filósofos, hasta nosotros ha llegado noticia (mediante referencias y citaciones fragmentarias) de las siguientes obras:

a. Adivinación por medio de las estrellas (Oráculos), un tratado sobre adivinación en cuatro volúmenes, dificilísima de encontrar también en la antigüedad (ni el mismo Filóstrato pudo consultar una copia) en el que estaba contenida la enseñanza recibida en la India.
b. La vida de Pitágoras (mencionada por Porfirio; Jámblico cita un trozo largo).
c. El testamento de Apolonio: obra consultada por Filóstrato y conservada junto a las letras en el Palacio de Ancio del emperador Adriano.
d. Ritos místicos sobre los sacrificios: obra difundida en los tiempos de Filóstrato, hoy desaparecida; sobreviven algunos fragmentos en los escritos de Filóstrato, Eusebio y Eudocia (mujer del emperador Constantino X y después de Romano Diógenes; en el 1071 se retiró a un convento y compuso un diccionario histórico-mitológico, publicado por primera vez en el año 1781).

viernes, 6 de abril de 2012

JESÚS EL CRISTO, SEGÚN SIVANANDA

Hace dos mil años, la divinidad se encarnó en este planeta para mostrar a toda la humanidad el sendero glorioso que conduce a la vida eterna, pudiendo vivir realmente la vida divina sobre esta tierra. Jesús no era un ser ordinario. Era el poder y el amor divinos, encarnados en este planeta con un propósito especial y divino. Su advenimiento tuvo como finalidad cumplir el plan divino para este mundo. Su manera de actuar y su propia vida así lo demuestran.

El Nacimiento de Cristo y su significado

El momento y la forma del nacimiento de Jesús revelan una profunda ley espiritual. Jesucristo no nació en un gran palacio. No nació de padres adinerados ni cultos. Ni tampoco nació a plena luz del día para que todos lo advirtiesen. Jesucristo nació en un lugar tan sencillo y solitario como el rincón de un establo. Nació de padres humildes y pobres que no tenían nada de lo que alardear, excepto de su carácter sin tacha y de su santidad. Nació, además, en la oscuridad, en la oscura hora de la medianoche sin que nadie lo advirtiese, excepto algunas personas buenas.

Lo antedicho demuestra que el despertar espiritual le llega al aspirante que es perfectamente humilde, llano y «pobre de espíritu». La cualidad de la humildad verdadera es uno de los fundamentos indispensables, al que siguen la sencillez, la santidad y la renunciación a todo deseo de riqueza mundana y al orgullo del saber. En tercer lugar, de la misma manera que Cristo nació en la obscuridad sin que el mundo lo supiese, el advenimiento del espíritu de Cristo tiene lugar en el interior del hombre, cuando se tiene una autorealización y autoabnegación totales.

Ese es el nacimiento a la vida divina. Fue el secreto de ese nacimiento lo que hace tantos siglos Jesús explicó dulcemente al buen Nicodemo. El buen hombre no entendía lo que quería decir Cristo precisamente cuando enseñaba que un hombre debía nacer de nuevo para alcanzar el Reino de Dios. «¿Cómo puede ser eso?», preguntaba Nicodemo. Y fue entonces cuando Cristo explicó que ese nacimiento había de ser interno; no del cuerpo, sino del Espíritu. Un nacimiento espiritual interno tal, es esencial para alcanzar lo Supremo y experimentar la verdadera dicha.

La sencillez y fuerza de las palabras de Jesús.

El modo en que Jesús vivió y enseñó fue simple, aunque sublime. Su manera de enseñar era extraordinaria. Jesús no era un estudioso académico. No podía alardear de títulos ni doctorados. No era un Pundit, o erudito. No poseía ninguna pericia o maestría sobre ningún tipo de arte práctico o ciencia. No se dedicaba a la oratoria grandilocuente ni a dar sermones eruditos desde un púlpito. Cuando hablaba, lo hacía brevemente y empleando pocas palabras. Sus expresiones eran breves, enérgicas y casi aforísticas. Pero sus palabras vibraban con un poder extraordinario que no pertenecía a este mundo. Las palabras de Jesús eran vitales y ardientes. Se encendían hasta en lo más profundo de la conciencia de quienes le escuchan. ¿Por qué razón?

Cuando Jesús hablaba, sus santas palabras provenían de las profundidades de un amor ilimitado y de una compasión infinita y divina, que emocionaban una y otra vez a quienes le escuchaban, haciendo surgir en ellos un deseo poderoso, que les consumía, de hacer el bien a los hombres, de servirles, ayudarles y salvarles. Esta compasión por purificar, elevar y salvar a la humanidad constituye verdaderamente el Sagrado Corazón de Jesucristo. Ese amor avivaba sus palabras con una fuerza divina, que las hacía permanecer por siempre en los corazones de quienes tuvieron la fortuna de escucharle.

El Cristianismo

No hay mucho de filosofía intrincada o de Sádhana yóguico en el cristianismo, y hay una razón para ello. Jesús tenía que tratar con incultos pescadores de Galilea, por lo que sólo les dió preceptos morales y les mostró el modo de vivir rectamente. Dejando aparte toda teoría filosófica obscuras y sutiles investigaciones intelectuales, Jesús explicó al hombre cómo debía vivir, qué debía pensar, qué debía sentir y qué debía hacer. Para ello, disfrazó incluso las más elevadas verdades de la vida espiritual con historias y parábolas sencillas, que incluso el hombre común de la calle podía captar y entender fácilmente. Revestida en forma de parábolas sencillas, la más profunda sabiduría de la vida espiritual era así expresada a los hombres a través de las palabras dulces y benditas del divino Jesús.

Jesús explicó la verdadera naturaleza de Dios, el hombre y el mundo en que éste vivía. Enseñaba a las gentes a cambiar su manera de ver las cosas. Les decía que si cambiaban su visión de la vida, de su aspecto material al espiritual, se darían cuenta de que el mundo en que vivían era el Reino de Dios.

Jesús no ha dejado ningún texto escrito sobre sus importantes enseñanzas. Transmitió todas sus enseñanzas oralmente. Ni él ni sus seguidores escribieron nunca durante su vida ni una sola palabra que él dijese. Las palabras de Jesús no se recogieron hasta varias generaciones después de haber sido dichas.

Sus palabras han sido mal entendidas, mal escritas, mutiladas, deformadas y transformadas. Y, sin embargo, han sobrevivido casi dos mil años, pues eran muy poderosas y provenían del corazón de un Yogui realizado.

La voz de Jesús

La voz de Jesús es realmente la voz del Ser Eterno. A través de ella se expresa la llamada de lo Infinito a lo finito, o del Ser Cósmico al ser individual: la llamada de Dios al hombre. Su voz divina es, pues, la misma voz que la de los Vedas y los Upanishads, que la del Corán y del Send-Avesta, del Dhammapada, y de todas las escrituras sagradas de la grandes religiones del mundo. Fundamentalmente, el evangelio que él predicó es el mismo que el expuesto en todos esos libros santos. Es el camino de negar la carne y afirmar el Espíritu. Es el camino de crucificar al ser inferior para llevar a cabo la resurrección gloriosa del Espíritu, la ascensión final hacia lo Infinito y la trascendencia hacia lo Divino. No es otro que el sendero de los Upanishads de expulsar el goce, Preias, y aceptar el mérito religioso, o Sreias; es decir, de negar el Anatman, o el no-ser, y vivir la vida en el Atman, o el Ser.

Jesús declara: «No puedes servir a la vez a Dios y a la riqueza». En otras palabras, su enseñanza implica desapegarse a la vez que apegarse. Desapegarse de los objetos materiales de este mundo transitorio y apegarse al tesoro espiritual eterno del Atman. Cristo nos enseña así el gran sendero que va más allá de todo pecado y tristeza.

La Vida de Jesús

Jesús fue la encarnación de sus propias enseñanzas. En Él podemos contemplar la santidad, bondad, amabilidad, misericordia, dulzura y justicia perfectas. El dijo: «Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida». Fue la encarnación de todo lo mejor, lo más sublime y lo más bello. Constituye el modelo o ideal más perfecto de la humanidad. Fue un filósofo, profeta, preceptor y reformador. Siempre practicaba cuanto enseñaba.

Sobre la personalidad tan sublime de Jesucristo descansaba, como un manto divino, una pureza inmácula y casi sobrenatural. Su vida fue una bella combinación de Ñana, Bhakty y Karma. El ideal del desarrollo integral de la cabeza, el corazón y la mano, hizo de su vida un modelo para que la humanidad lo imite durante toda la eternidad.

Cristo era siempre consciente de su identidad inseparable con el Ser Supremo. Sin embargo, la devoción y el amor profundos hacia el Dios personal también encontraban constantemente expresión en él en forma de oraciones, alabanzas y ensalzamiento. En su vida diaria, Jesús era la verdadera personificación del espíritu del Karma Yogui. Su vida entera, fue un continuo ministerio hacia los afligidos. Sus pies se dirigían sólo hacia donde su ayuda fuese requerida. si sus manos se movían, lo hacían sólo en ayuda del afligido y del oprimido. Su lengua hablaba sólo para proferir palabras suaves y dulces de compasión, consuelo, inspiración e iluminación.

Con el solo brillo de sus ojos yóguicos y luminosos, Jesús despertaba, elevaba y transformaba a todos aquellos hacia quienes dirigía su mirada. Sentía, pensaba, hablaba y actuaba sólo para el bien de los demás. Y en medio de todo ello, experimentaba conscientemente e ininterrumpidamente la frase: «Yo y mi Padre somos uno». Su vida fue la de un sabio en Sahaya Samadhi.

La vida de Jesús manifiesta un heroísmo silencioso, aunque supremo, ante la oposición, persecución e incomprensión más radicales. Él dio ejemplo de cómo el aspirante rechaza las tentaciones en el sendero espiritual. Mucho antes del drama externo de la crucifixión, Jesús se había ya crucificado a sí mismo voluntariamente, aniquilando al ser inferior y viviendo una vida puramente divina.

Jesús era el mismo Dios. La Sagrada Escritura nos lo recuerda una y otra vez. Sin embargo, ¿por qué tuvo que padecer tanta persecución y sufrimiento? ¿No podía acaso haber arrasado a sus enemigos con el simple ejercicio de su voluntad divina? Sí, pero la encarnación suprema del amor que era Jesús deseaba que su propia vida fuese un ejemplo a seguir por las gentes. Por ello, se comportaba como cualquier otro ser humano, dando ejemplo al hacerlo así, durante su corta y memorable vida.

Jesús y el hombre moderno

En verdad que Jesús derramó su sangre en la Cruz por la redención de su pueblo. Mas ahora, desde su asiento eterno en el Reino de dios, su corazón divino y compasivo sangra aún más profusamente. Pues las gentes de su época ignoraban la ley y por ello erraron. Pero la gente del mundo moderno tiene ahora la luz resplandeciente de la vida y las enseñanzas de Jesús, que iluminan el sendero de la rectitud. Y, sin embargo, caminan a sabiendas por el sendero de la oscuridad, la ignorancia, el pecado, el egoísmo, la sensualidad y la aflicción. Si su corazón misericordioso derramó su sangre por los pecadores ignorantes, ¡cuánto más no lo hará ahora por los pecados de quienes yerran ignorando Su Luz!

¿Es este el modo en que espera la humanidad mostrar su gratitud al Salvador? No y mil veces no. Nunca es demasiado tarde para corregirse. Estudia de nuevo los Evangelios. Medita en la forma resplandeciente, espiritual y divina de Jesús. ¡Cuán dulce, cuán compasivo, cuán suave y amable era! Y, sin embargo, no fue indulgente consigo mismo. Se alejó resueltamente de Satanás, no porque pudiese ser tentado, sino para darnos ejemplo.

Las pruebas y tentaciones surgen para ser vencidas por los valientes. Las pruebas y las situaciones dolorosas se producen para fortalecer tu mente y purificar tu corazón. Son, por así decir, los sabios que descubren al Jesús que hay en ti. Sucumbir a esas pruebas supone una debilidad.

Ayunar, orar, discriminar y vencer esos obstáculos con ayuda de la gracia del Señor supone un heroísmo espiritual. Cuando se logra la victoria, la verdadera humildad de sentir, realizar y proclamar que fue la gracia del Señor lo que te capacitó para ello. La humildad es virtud, la debilidad es pecado. Aprende esta importante lección de la vida de Jesús.

Estudia una y otra vez el Sermón de la Montaña. Medita sobre él. Escoge una tras otra las instrucciones del Señor y esfuérzate mes tras mes diligentemente en ponerlas en práctica. Así crecerás hasta convertirte en un digno hijo de Jesús. Así reencarnarás a Jesús en tu propio corazón. Hoy día hay muchas personas que siguen sincera y verdaderamente las enseñanzas del Salvador. Jesús se ha reencarnado en sus corazones para guiarte y conducirte hacia el Reino de Dios, en donde tiene su asiento supremo. ¡Que todos caminéis por el sendero que Jesús estableció! ¡Que todos seáis encarnaciones vivas del Sermón de la Montaña! ¡Que realicéis el Reino de Dios dentro de vosotros mismos aquí y ahora!

SIVANANDA
Senda Divina

LA SÁBANA SANTA DE TURÍN

La Sábana Santa es un lienzo de 4´36 metros de largo por 1´10 metros de ancho. En ella se observa la imagen de un hombre que ha sido coronado de espinas, azotado, herido en un costado del tórax y crucificado. Esta imagen aparece tanto por delante como por la parte posterior del cuerpo.

La tela es una sarga de lino bien conservada y tejida en un ángulo de 45º, con una técnica conocida como "spina pece". El tejido es apretado e irregular de hilo hecho a mano. Procede de un telar primitivo, tal y como los que se usaban al principio de la era cristiana en la ciudad de Palmira, en la actual Siria, y se comercializaban en todo Oriente Próximo. En el mundo occidental no se realizaron tejidos con esta técnica hasta el siglo XIV.

Según la tradición judía no debería existir, pues al haber estado en contacto con un cadáver tenía que ser quemada por impura. En el Nuevo Testamento no es citada, pero sí en los evangelios apócrifos. Según la leyenda, Santa Elena, madre del emperador Constantino, la llevó como reliquia de la Pasión a Bizancio en el siglo IV. Allí fue adorada en la iglesia de Sta. María de Blaquernae. En 1204, durante la Cuarta Cruzada, Constantinopla es saqueada y Otto de La Roche se la lleva a Francia. A partir de este momento hay datos históricos sobre la reliquia. Desde 1206, en poder de Poncio de La Roche, es expuesta en diversos lugares de Francia: Besançon, Troyes, Lirey, Niza y Chambéry.

En 1506 el Papa Julio II autoriza su culto público. El 3 de diciembre de 1532 sufre un incendio en Chambéry y es dañada parcialmente, siendo restaurada por monjas clarisas. En un paciente estudio Tonelli comprobó como estando plegada en 48 pequeños cuadrados, parte se quemó, parte se chamuscó con metal fundido y parte se mojó. Posteriormente pasa a manos de la familia Saboya en Italia. En 1578, por orden de Emanuel Filiberto de Saboya, pasa definitivamente a Turín. En el siglo XVII es expuesta ante un público multitudinario.

Chevalier descubrió un documento de 1389, enviado por un obispo francés a Clemente VII el que se explicaba que la imagen de una sábana en poder el rey Abgar V de Edesa era en realidad una pintura. Se creía que la de Turín era una copia contemporánea. Pero el 28 de mayo de 1898, con motivo de la boda del futuro rey Víctor Manuel III, Secondo Pia consigue impresionar dos placas fotográficas de 51 por 63 centímetros. La sorpresa es mayúscula al descubrirse que no se trata de una pintura, sino de un negativo, la inversión de una imagen real. En 1931 vuelve a ser fotografiada, confirmándose el mismo misterio.
El 23 de noviembre de 1973, Max Frei, criminólogo y palinólogo suizo de la Universidad de Zurich, recogió en una cinta adhesiva especial una muestra del polvillo acumulado en la superficie de la tela. Tras tres años de estudio emitió las siguientes conclusiones:
Había polen de plantas desérticas propias de Palestina.

El polen más abundante es el mismo que frecuenta los estratos de hace dos mil años del lago Genezaret. Se identificó polen propio de la zona de Constantinopla.

Abundan gránulos de Francia e Italia, en correspondencia con las migraciones del lienzo.
Todavía hay gránulos por identificar.

En 1974 se publica el libro de Yudica Cordiglia L´Uomo della Síndone é il Gesú del Vangeli? Este autor es catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Milán. En este trabajo el profesor da detalles irrevocables de que lo reflejado en la Sábana Santa corresponde a lo narrado por el Nuevo Testamento sobre Jesucristo hace dos mil años.

 Todo un testimonio:
El hombre de la sábana media 1,81 metros y pesaba aproximadamente 80 kilogramos. Las proporciones de la cabeza y los miembros nos hablan de la perfección del grupo étnico, aunque son medidas elevadas para la media de la época y la zona.

Tiene abundante cabellera y barba.

La frente y la región occipital tiene múltiples y pequeñas heridas en regueros producidos por una corona de espinas en forma de casco.

El ojo y la ceja derechos, la nariz y la  parte izquierda de la barba presentan magulladuras por golpes de puños o de bastones.

El torso muestra hasta ochenta heridas dobles por flagelo, correspondientes al instrumento romano de la época y a la costumbre de azotar a los condenados a muerte, además de otros golpes de cuero o cuerda anudada.

En el hombro derecho hay una llaga o zona desollada y magullada en forma cuadrangular. Lo mismo presenta el hombro izquierdo en menor medida. Sin duda se debe a la costumbre de hacer llevar la propia cruz en la que iban a morir los condenados. La de nuestro caso debió pesar unos cien kilogramos.

En los antebrazos se ve sangre surgiendo de las muñecas. En pleno carpo, en el punto de Destot, está el hueco del nervio mediano donde es posible introducir un clavo sin que se rompan las arterias, aunque es muy doloroso. En la palma de la mano se desgarrarían los tejidos con el peso del cuerpo. Los pulgares no aparecen, pues quedan flexionados. El profesor Barbet en París corroboró estos puntos con cadáveres.

Los pies se flexionan para quedar uno sobre otro unidos por un único clavo. Esto se aprecia en las dos rayas de sangre en el pie derecho.

La muerte fue provocada posiblemente por la posición vertical con los brazos abiertos.

En la parte derecha del pecho se abre una herida en forma ovalada de 4´5 por 1´5 centímetros y diez de profundidad. Se produjo de abajo hacia arriba e hirió el corazón entre la quinta y la sexta costilla. Manó sangre de la vena cava, llena en los cadáveres, y suero y otros líquidos que rodean el corazón, dejando una mancha más clara.

La mancha de sangre que atraviesa los riñones es la correspondiente a la que se pegó al cuerpo, ya que el traslado inicial se debió realizar con otras sábanas.

Sin embargo, este profundo análisis quedó relegado por el sorprendente descubrimiento que se produjo en la Academia de las Fuerzas Aéreas de Colorado Springs y en el laboratorio de Propulsión Jet en Pasadena, ambas en los Estados Unidos. Las imágenes visibles en la Sábana Santa fueron sometidas al analizador de imagen VP-8. Este sofisticado aparato es el decodificador y recompositor de las fotografías enviadas desde Marte por el proyecto Viking. Hay que aclarar que una fotografía tiene dos dimensiones y que es prácticamente imposible que una imagen pintada sometida a este aparato proporcione una figura tridimensional. Pues bien, la imagen de la Síndone corresponde a un cuerpo tridimensional con tres coordenadas. En un simposium celebrado en Londres, Eric Jumper llegó a conclusiones inauditas extraídas de estos análisis:

Es absolutamente imposible que las imágenes se formaran por contacto.

No son manchas. (Se refiere a las impresiones del cuerpo).

Una radiación de energía cuya naturaleza no está determinada chamuscó de dentro hacia afuera la sábana.

Esta radiación la emitió el cuerpo en estado de ingravidez, ya que el dorso no está deformado, teniendo que soportar ochenta kilogramos.

Estas asombrosas afirmaciones de la ciencia aumentaron el fervor de los cuatro millones de fieles que la vieron en 1978. Sin embargo, en 1988 se analizaron tres muestras en las Universidades de Arizona, Oxford y Zurich por el sistema del Carbono 14, junto a unas muestras paralelas de los siglos I y XII. El 13 de octubre de 1988 la Iglesia confirmó oficialmente los resultados que afirman que la tela es del periodo 1260-1390 con un 95% de margen de acierto. No obstante se pueden hacer algunas observaciones al respecto:

El sistema del Carbono 14 se basa en la medición de la cantidad de este isótopo radioactivo presente en la muestra, respecto a una cantidad fija que se supone existe en la atmósfera. Se sabe que tanto las explosiones nucleares como la liberación constante de radioactividad generada por las centrales nucleares alteran esa cantidad supuestamente fija.

Una muestra es fácilmente contaminable al ser expuesta a una absorción artificial de Carbono 14. Por ejemplo las hierbas del margen de una carretera absorben este isótopo procedente de la combustión de la gasolina, pudiendo dar miles de años en las pruebas correspondientes.

La Sábana Santa fue sometida a una energía desconocida para la ciencia que pudo alterar esos valores.

Los profesores rusos Andrei Ivanov y Dimitri A. Kouznetsov, han confirmado que la naturaleza química de la planta viva de lino es diferente a la de su tejido y absorbe el Carbono 14 de distinta manera, lo que lleva a errores de datación. En suma, afirman que el sistema no es fiable para muestras de tejido, sobre todo de lino, tal y como puede resultar para madera o metales.

En el simposio internacional de Roma, inaugurado el 10 de junio de 1993, con más de doscientos estudiosos del tema, María Grazia Siliato, experta en arqueología antigua, precisó que la Síndone ha sido restaurada en el siglo XIII, en 1534 tras el grave incendio de Chambéry, y en otras ocasiones durante los siglos XVII y XIX. La muestra que se recogió se arrancó de uno de los extremos, en vez de tomar hilos de diferentes zonas para poder comparar linos de diferentes épocas.

En resumen está claro que las evidencias a favor del origen «divino» de la Sábana de Turín son aplastantes respecto a las que defienden que se trata de una falsificación. No suele suceder que la ciencia oficial señale con tanta nitidez las pruebas sobre la realidad a la que apuntan las religiones.

El Cristo Cósmico es universal. Sabemos que puede manifestarse en cualquier lugar y en cualquier época, a través de un ser humano o de cualquier otro medio. Obviamente, cuando se encarna en un hombre, la vida de éste se transforma en el Drama Cósmico de la Iniciación. Los milagros que tanto admira el pueblo no son más que detalles anecdóticos respecto a la posibilidad de todo ser humano de vivir el Drama Crístico, sin embargo no dejan de motivarnos las pruebas físicas que a veces se nos presentan a nuestros dormidos ojos.

La Sábana Santa se encuentra actualmente enrollada en un cilindro de madera, dentro de un arca de plata labrada, el relicario, que a su vez se encuentra dentro de una caja de madera protegida por dos gruesas rejas de hierro, en la catedral de Turín. Que encierra un misterio, está claro, y que podemos aproximarnos a él mediante la vivencia personal también debe quedarnos muy claro.